Cansada de ser feliz

Bienvenidos a mi flujo de conciencia

El escape

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No hay nada peor que vivir esperando algo. Así uno no vive, sino existe, constantemente pensando en cómo será su vida en el futuro en ese mundo cuando se cumplan sus expectativas. En lugar de disfrutar cada momento del día, uno lo rechaza como algo indeseable y temporal y sigue pensando en los sueños sobre esa vida imaginaria, haciendo planes por allá, pensando en qué va a hacer y qué va a sentir en esas circunstancias.

Ya es medianoche y está muy oscuro. Un muchacho está sentado en una cama pequeña mirando frustradamente a la pared frene a sí. Su cuarto es bastante humilde: aparte de la cama hay una mesita, una silla y un estante de libros. Él ha estado encarcelado por allá por tanto tiempo que ya no recuerde cómo era vivir en condiciones diferentes. El mundo exterior le parece hostil y peligroso. En los primeros años de encarcelamiento había una esperanza de que le iban a liberar pronto, pero después de ese sentimiento se disminuyó y se reemplazó con una frustración constante. La única ventana al mundo real eran los libros. Con libros él pudo viajar a países diferentes, conocer a otras personas, tener aventuras, enamorarse y decepcionarse – en una palabra, tener una vida completa. Por varios años eso le ayudaba a olvidar que estaba encerrado, pero después con más y más frecuencia le llegaba la idea que los libros eran un sucedáneo que le sustituía la vida real. Él se sentía como una marioneta, la que manipulaban los autores de libros que leía. Le mostraban sólo las partes que querían y ocultaban el resto, entonces él no pudo apreciar las situaciones y las emociones de los personajes de forma objetiva y tuvo que fiarse de los juicios del autor.

Un día el muchacho se dio cuenta que no era tan difícil escaparse de su cárcel. Después de todos esos años ya le miraban con la vista gorda, porque estaban seguros de que su voluntad había sido reprimida y que simplemente no podría encontrar fuerzas para la fuga. Y en parte era verdad, le inculcaron muy bien la idea de que él ya no puede cuidarse a sí mismo y que el mundo exterior es aún más cruel que su cárcel que ya es familiar.

Y ahora el muchacho está mirando a la pared y dibujando las ensenas de su escape, de su vida futura, está imaginando los personajes que va a encontrar por allá, los lugares a cuales va a viajar y las aventuras que va a tener.

Ascensores

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Mi historia con los ascensores comenzó cuando yo era muy pequeña y todavía estaba en el jardín. Tenía una cabra amarilla hecha de plástico, que tenía ruedas en lugar de patas. Entonces le llevaba por todos los lados con una cuerda. La cabra era hueca y sus cachos negros se atornillaban en su cabeza.

Un día, cuando me devolvía a la casa después de un paseo, en el momento en el que estábamos franqueando las puertas del ascensor, el cacho se me cayó al hueco. No me di cuenta cuándo pasó esto (o simplemente ya no lo recuerdo), me lo contaron después. Pero hasta ahora para mi ese accidente está envuelto en un misterio: pasaron las horas y horas y yo estaba imaginando qué hubiera podido pasar con el caco perdido y cómo se enredó su destino.

A partir de ese momento empecé a ver las pesadillas sobre el ascensor de mi edificio. Soñaba que me perseguían unos hombres y trataba de escaparme de ellos corriendo por las escaleras. Cuando llegaba al primer piso, me daba cuenta que uno de ellos se me había adelantado en el ascensor y me estaba esperando allá. Entonces seguía bajándome hasta el sótano (que en realidad no existía en la casa) y llegaba a un cuarto oscuro y lleno de polvo. En una pared se veía un hueco. Me acerqué al hueco y - ¡qué horrores! - vi que era el pozo de ascensor. Uno podía ver cómo se movían los cables llevando el contrapeso. Ese hueco era muy oscuro con un bombillo amarillo marcando cada piso. Y debajo, cubierto del polvo, estaba el cacho de mi cabra… En ese momento me desperté con sudor frío.

Tuve otra experiencia con un ascensor cuando fuimos a una casa vieja en el centro de Moscú. En esa casa había un ascensor muy antiguo (creo que de los primeros), que era instalado al redor de escaleras. El ascensor se movía en un pozo hecho de una red metálica, por eso se veía completamente el mecanismo, y cuando llegaba al piso, uno tuvo tenía que abrir manualmente dos puertas: una del pozo y la otra del ascensor. Me asusté mucho al ver todo el mecanismo de la forma tan transparente, y no puede creer que los cables tan delgados pueden sostener una cabina tan pesada.

Después empecé a ver unas pesadillas de otro tipo: estaba llamando al ascensor y cundo llegaba y se abrían las puertas, me daba cuenta que por dentro no habían ni el piso, ni las paredes. Llegaba un marco de metal, sólo con una tabla de madera al fondo para poder quedarse.

Entonces mi relación con los ascensores empezó con pesadillas, pero las películas gringas cambiaron todo. EN ellas mostraban un ascensor como la parte de una aventura: los protagonistas se metían al pozo, o hacían un hueco en el techo de la cabina para escaparse con los diamantes robados. El hueco del ascensor se convirtió en una ruta de escape para los aventureros que roban los bancos o museos.

Ahora me encanta montar en los ascensores. Me gusta oprimir el botón y sentir el poder que ejersco sobre la máquina. O montar en un ascensor con las paredes de vidrio.

Un chiste

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— ¿Dónde usted trabaja?
— En un instituto…
— ¿Y a qué se dedica?
— Ecuaciones de Fredholm de primera especie.
— ¿Y cuál es su hobby (pasatiempo)?
— Ecuaciones de Fredholm de segunda especie

Cómo corregíamos nuestros errores cuando estábamos en el colegio

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Cuando entré a estudiar en el colegio, todavía no habían correctores que echaban un líquido de color blanco al papel, y que después de endurecerse cubre la tinta.

En lugar de usar el corrector usábamos una hoja de afeitar. Con eso quitábamos las fibras de papel pintadas. Tuvimos que hacerlo con mucho cuidado para no abrir un agujero. En el colegio nos disminuían la nota por casa tachón, por eso tuvimos que hacer ese trabajo como un joyero.

El guardia de un banco

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A veces me entretengo pensando en qué pasaría si el guardia de un banco tuviera que usar sus armas.

Siempre me asombraba el tamaño y calibre de las armas que tienen los señores de un banco que están al lado de los cajeros automáticos. No es una pistola, ni un rifle, sino más bien se parece a un lanzacohetes portátil. Si tuviera uno en me daría susto utilizarlo como es debido. Creo que terminaría corriendo por el banco y pegando a los delincuentes en la cabeza con ese tronco metálico.

Pues, …el guardia está en su puesto con el “tronco” en las manos. Entran corriendo tres ladrones con pasamontañas negras con el fin de atracar el banco. El guardia sin demora levanta su arma, la pone en el hombro derecho y empieza a apuntar. La “bazuca” es tan pesada que le dificulta aguantar el dolor en las rodillas. Con el dedo temblando de tensión el guardia hala el gatillo y dispara. En el mismo momento e culatazo le pega tan duro que el señor termina volando hacía atrás. Los demás están completamente ensordecidos con el disparo. El proyectil cohete vuela, abre la pared del banco y se cae en el barrio vecino. En el lugar donde antes había un barrio se forma un embudo gigante y la onda explosiva despierta a las pacas tectónicas que empiezan a moverse y comienza un terremoto.El ejército interpreta mal el disparo y empieza una operación militar que provoca el pánico en todo el país acompañado de temblores y disparos. EL gobierno de los EE. UU. se pone nervioso por no entender qué pasa. Por si acaso activan su programa atómico que, en su lugar, hace preocupar gobierno ruso que llama a un concilio militar, en que deciden, por si acaso, disparar a los estadounidenses.

Así de peligroso en un arma de un guardia de un banco colombiano.

Traducción del poema de Andrei Orlov “Réquiem por MH-17”

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Andrei Orlov “Réquiem por MH-17”

Para que y yo no quiera a nadie,
Digo responsable y severamente:
Soy uno de ellos quienes vilmente derribaron
El avión que volaba hasta Lumpur.

No tengo otro país,
Y hoy, por amargo que sea,
Soy de la misma nacionalidad
Con el cohete lanzado con tanto artificio.

Ahora estoy en la primera plana
en los diarios por todo el mundo, cruel u horroroso,
Y a mi mismo yo inspiro temor
De ser parte de la palabra RUSSIAN.

Tengo la misma nacionalidad
Con unos que dicen que no lo querían,
Con unos que en el cielo sobre las tierras anejas
Elegían los objetivos sin piedad.

Esa banalidad retrasada
Puede sonar sacrílega y mala,
Puede, no tuviera suerte contigo,
Y tú conmigo, mi nacionalidad.

Mi pueblo, que ya olvidó
Y se perdonó por matarse a si mismo,
Ayer yo contigo derribé
El aeronave en el cielo despejado ucraniano.

Sí, hoy soy uno de ellos,
De unos que me dan asco,
De unos que quieren que los demás
Tengan más despegues que aterrizajes.

Lo derribaron todos que con alegría en Facebook
Publicaron las caras de los orcos siniestros,
Lo derribaron unos que llevaban secretamente la instalación Buk
A través de su frontera.

Lo derribaron unos que inspiraban con sus palabras,
Daban armas a cualquier persona,
Lo derribaron unos que crucificaron el niño
Entre KVN y la publicidad.

“Boeing” no llegó a nada,
Pero todavía no se acabó la tortura:
Doscientos noventa y ocho cuerpos
En Grabovo, están como prisioneros del opolchenie.

Montones de pasaportes extranjeros,
Zapatos, sombreros y los juguetes de niños,
Y un cadáver se rompió el techo
De una viejita sin nombre de Grabovo.

Quién concretamente y desde dónde lo derribó,
El sumario lo debería aclarar,
Y yo, me quedo así como era antes –
Ruso de nacimiento y de mi sangre.

Y mientras los mentes de políticos
No están listos para “reboot”,
Yo confeso por ellos: nosotros lo derribamos,
Soy culpable, porque soy ruso…

El destino

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Tarea: convertir el cómic a un relato.

El señor Felipe vivía solo en su habitación pequeña en el centro de una ciudad grande. Como él trabajaba en un laboratorio dónde realizaban las pruebas de las máquinas diferentes, todo su trabajo se reducía a buscar errores de los demás. La vida le parecía aburrida y monótona, y un día Felipe decidió suicidarse. Él navegó por todo Internet buscando las formas de darse de baja. Primero pensó en ahogarse, pero desde la infancia odiaba el sentido de cómo el agua se mete en su nariz. Luego a Felipe se le ocurrió que sería mejor lanzarse de un edificio suficientemente alto. Pero ese escenario tampoco le convenía: no le gustaba la idea de que se reuniría mucha gente para mirar ese espectáculo y nuestro protagonista no quería la publicidad. Después de pensar un poco Felipe se acordó que se podría cortar las venas en las muñecas. Pero en el mismo momento rechazó esa opción que se veía demasiado histérica y un hombre tan serio como nuestro Felipe no quería parecer a una muchacha adolescente. “¿Cuál sería la forma más apropiada?” – pensaba él. – “¿Puede se ahorcarse?.. ¡No! Sería demasiado demorado… y ¿qué haría si no se rompiera mi cuello?”

¿Qué entonces? ¿Saltarse frente de un tren? ¿Autoquemarse? ¿Harakiri? ¿Dejar de comer y esperar la muerte por hambre o deshidratación?

Al final Felipe decidió pegarse un tiro. Él compró una pistola , se puso en el centro de la habitación y arrimó el arma en su sien. Se preguntó: “¿Cerré el gas?” Claro, si no le había cerrado, se podría ocurrir una explosión. Después de asegurarse que la llave del gas estuvo bien cerrada, otro pensamiento llegó a la cabeza de Felipe: si habría regado las plantas; después vino la otra: “¿Cargué la pistola?” Pero Felipe estuvo tan agotado con todos estos pensamientos que ésta vez no escuchó a la voz del raciocinio y disparó.

Su pistola erró el tiro. Se impuso el silencio y una idea aterrizó a los mientes de Felipe. ¿Cómo algo tan sencillo no le ocurrió antes? ¡Un veneno! Felipe se emocionó mucho. De nuevo de dirigió a Internet para averiguar el recetario de la ponzoña, anotó el listado de ingredientes y muy feliz se fue al supermercado. Pero todavía no sabía que por allá lo estaba esperando su destino.

El destino llegó con la encarnación del muchacho Carlos que trabajaba en ese supermercado como marcador de precios de la mercancía. Cada día andaba con su máquina por los pasillos y entre los estantes pegando los papelitos. A Carlos le gustaba mucho su trabajo: él pudo siempre estar con personas – clientes del supermercado – y mirar a las mujeres. Precisamente con esto estaba ocupado cuando pegó un papelito con el precio en la espalda de nuestro Felipe, que estaba tan entusiasmado con sus compras que no se dio cuenta. Así, gracias a Carlos, Sara, la mujer solterona con 30 gatos en su apartamento, se fijó en Felipe. El precio le convino y la calidad del articulo también, y después de seguirlo por un rato, Sara decidió invertir su dinero en éste hombre. Lo cogió y lo llevó al la caja.

De ésta manera Sara encontró al hombre que buscaba por años y Felipe la forma más lenta y dolorosa del suicidio.

Por qué me fascinan las montañas

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Desde que era pequeña me fascinaban las montañas. Primero las miraba sólo en las fotos y me parecían ilusorias, como algo de un mundo de cuentos.

En parte por eso en el colegio me gustaba la geografía. En las clases nos daban los croquis y tuvimos que dibujar con colores las cadenas montañosas del mundo. Me encantaba dibujar en el mapa blanco, que tenía sólo los contornos de los continentes, dibujar los relieves con el color marrón (saludos a Javiercito-cafecito) y los picos cubiertos de nieve con el blanco, y después con el verde y amarillo indicar los valles y desiertos.

En el libro de historia natural tuvimos unos dibujos de los pueblos pequeños dispuestos en la montaña. Esas casitas se perecían a unos juguetes. Y realmente eran así. Unas clases después nos contaron sobre los volcanes y así conocimos la fuerza encubierta que está por dentro de unas montañas.

Cuando tuve 19 años, por primera vez me enfrenté con las montañas reales, y no defraudaron mis expectativas – eran fantásticas. Estuve en el sur de Rusia al lado del mar Negro. La cordillera se llama caucásea. No es tan grande, pero es muy bonita: está cubierta con los bosques de coníferos y entrelazada con ríos y senderos pequeños, y el olor a pino les agrega la frescura. Me quedé muy impresionada…

Pero realmente entablé conocimiento con las montañas hace unos años en Colombia. Cuando por primera vez llegué a Bogotá, me asombraron tremendamente, y debidamente sentí toda su imponencia. Sentí escalofríos en la espalda cuando me puse a imaginar por cuántos siglos han estado par acá esos gigantes que nacieron desde las entraños de la Tierra. Eran testigos de tantos eventos y cambios. Unas con el tiempo se volvieron inaccesibles debido a roca y peñas escarpadas. Otros son más hospitalarias, invadidas con árboles y matas, y desde lejos se ven afelpadas, como cubiertas con lana verde. Pero a todas les une que nos recuerdan la paciencia y longanimidad. Nos hacen acordarnos que somos sólo unas hormigas pequeñas inexpertas.

Para mi mirar a las montañas es equiparable a contemplar al cielo estelado y ya no imagino mi vida sin ellas.

Piotr I

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En el año 1700 los suecos empezaron la Gran Guerra del Norte contra Rusia. Después de las primeras victorias de Piotr I le nombraron como Emperador…

Piotr fue el decimocuarto hijo del zar Alexey. Él tenía sólo cuatro años cuando su padre se murió. A su mamá y al pequeño Piotr los llevaron a la residencia Preobrazhenskoe al lado del Kremlin. Éste lugar iba a definir las inclinaciones de Piotr: primero, porque por allá está el río Yauza, y segundo, porque cerca estaba el Cuartel Alemán, que lo influyó mucho. A Piotr le enseñaron aritmética y geometría en holandés, y escribiendo cartas, le gustaba agregar unas palabras en alemán. Con la gente que Piotr encontró en el Cuartel él creó su “ejercito de diversión“. Así jugaba casi por 12 años, pero cuando Yauza ya empezó a ser demasiado pequeño para sus “batallas”, él trasladó su flotilla al lago Pereyaslávl.

Cuando Piotr empezó a gobernar el país, sus primeras campañas militares fueron hacia Azov. Tuvo prisa de medir las fuerzas con el Imperio Otomano. En el sur no habían fronteras exactas con la Turquía. Los turcos estaban en Crimea y en el Cáucaso y a veces iban hasta Tula para robar y llevar a los rusos a Estambul como esclavos.

El primer ataque a la fortaleza de Azov no tuvo éxito, pero Piotr no perdió la fuerza moral. Él se dio cuenta que sin la armada no era posible sitiar el fuerte en el mar de Azov. Entonces empezó a elevar la flotilla y después de un año realizó la segunda campaña, que termonó con la derrota de los turcos.

Pero Rusia no pudo estar sola en la guerra con Turquía, entonces Piotr tuvo que realizar la Gran Embajada a Europa para buscar a los aliados. El plan era como en las películas de espionaje: atisbar las tecnologías que usaban, aprender y contratar a los mercenarios. Piotr también fue a Europa, pero no como zar, sino tomando aspecto de un carpintero, para que nadie lo reconociera. Primero él fue a Königsberg donde obtuvo la profesión de artillero. Luego Piotr se dirigió a Holanda, que era en esa época una gran potencia marítima.

Decían que después de ese viaje Piotr cambió mucho: cuando regresó tuvo mucha intolerancia a las costumbres rusas. Lo primero que ordenó era cortar las barbas de los boyardos.

Como Rusia en esos tiempos no tenía su bandera, Piotr estableció la bandera rusa, tomando los colores de la bandera holandesa, que era raro, porque normalmente sólo los países muy cercanos tenían banderas parecidas, pero a Piotr no le importaba la opinión de los demás.

En Zandaam), la ciudad donde Piotr vivió por bastante tiempo, le hicieron un ramo de su altura – 2, 04 m. Por allá el dormía sentado en un armario (así eran los costumbres). Ahora, en su casa establecieron un museo y pusieron el fragmento del poema de Vasili Zhukovski: “…aquí está la cuna del Imperio tuyo, aquí nació la Gran Rusia.”

Cuando Piotr volvió a Rusia, Suecia ya empezó la guerra, que terminó luego con la derrota de Rusia. Piotr ordenó refundir las campanas de las iglesias para hacer los cañones. Con la segunda prueba él por fin obtuvo la victoria, y en 1720 entre Rusia y Suecia se hizo la paz (de la guerra que duró 20 años). Desde ese momento Rusia se nombró como el Imperio Ruso.

Tienda Rusa en Holanda

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Cuando por primera vez escuché que había una tienda rusa en Amsterdam me emocioné muchísimo. Sólo pensar que podría ver a mis compatriotas, ver los productos que me acostumbré a comer en Rusia, hablar en ruso me puso muy ansiosa.

Tengo vergüenza de confesarlo, pero me di cuenta de lo mucho que los costumbres afectan a mi vida, y que tengo tantas costumbres relacionadas con la comida. Creo que es porque la comida es algo muy integrado en nuestra vida. Puede ser que uno no se fije tanto en lo que come día a día, pero subconsientemente la comida hace parte de nuestra percepción del ambiente en que vivimos.

Puede ser que por eso cuando vi el estante con las bayas del bosque me inundaron tantos recuerdos: de pasear en la dacha, de recoger bayas y ponerlas en la canasta. Fue un proceso bastante aburrido y mecánico, y realmente no me gustaba mucho hacer ese trabajo: siempre quería terminarlo lo más pronto posible e ir a jugar con mis amigos. Pero también era un ejercicio muy útil de quedarse frente a frente con las bayas por varias horas - en estos momentos me pasaba los mundos sobre los que había leído en los libros que nos habían dado para vacaciones de verano, pensaba en los personajes de esos libros y qué podría pasar con ellos en otras circunstancias y qué haría yo si estuviera en su lugar. Creo que por eso hace unos días sentí que mi celebro iba a explotar cuando de nuevo tuve un racimo de grosellas en mi mano.

Algo parecido pasó cuando cociné el alforfón. No creo que eso tenga algo que ver con el sabor o el olor especial que tiene, o que es una comida tradicional rusa. Sentí que en ese momento vi un montón de diapositivas que pasaban como una película en mi cabeza mostrando diferentes situaciones en mi vida (normalmente las conversaciones que teníamos en la familia) cuando comía alforfón antes. Por ejemplo, cuando era niña tenía un plato con una ciudad dibujada en el fondo. Entonces el proceso de comida se convertía en la liberación de esa ciudad.

Lo mismo pasaba cuando comía la cuajada. Para abstraerse de las conversaciones (a veces desagradables) que tenían los adultos en la mesa, trataba e hacer el proceso de comer la cuajada lo más creativo e interesante posible: trataba de cucharear la masa así para que dejara las “carreteras” en el plato o algunas formas geométricas.

Me parecía que con el cambio de la dieta también se fueron esas memorias, pero lo que hicieron fue esperar su hora para hacerme recordarlas.

La imagen tomada de http://www.vorobiov.com/archive/domikpro/detail-tvorog-i-ego-bratya.html