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Misoginia internalizada

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La misoginia (del griego μισογυνία; ‘odio a la mujer’) se define como el odio o la aversión hacia las mujeres o niñas. La misoginia puede manifestarse de diversas maneras, que incluyen denigración, discriminación, violencia contra la mujer, y cosificación sexual de la mujer.​ Se puede decir que existe misoginia en muchas de las mitologías del mundo antiguo, así como en algunas de las religiones. Además, muchos de los pensadores más influyentes de la filosofía occidental han sido catalogados como misóginos.

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La misoginia es un fenómeno que se encuentra tanto entre hombres, como entre mujeres.

Muchos todavía piensan que la esencia de una persona se determina por el sexo, como si nuestro ser fuera algo dado por la naturaleza junto con el género. Y que la esencia de una mujer no tiene esos fundamentos como la esencia de un hombre: no es tan fuerte, no es tan inteligente, sus logros nos comparables con los de los hombres, etc.

Es curioso que a esas conclusiones normalmente llegan los que están convencidos de que la igualdad de género ya está alcanzada completamente, que en realidad todos tienen los mismos derechos desde hace mucho, pero las mujeres todavía no han demostrado su pleno valor. «Nadie les está oprimiendo, - dicen unos hombres a las mujeres, - les dimos los mismos derechos, pero ustedes no los justifican. Mirense a sí mismas y a nosotros, ustedes no nos hacen competencia.» Suena como si le dieran a un niño una tarea para adultos, que él no es capaz de hacer por definición, para demostrarle que todavía está pequeño.

¿Cuáles son las premisas de la misoginia?

De verdad, en nuestra sociedad contemporánea las mujeres dan la multitud de motivos para sospechar de su inacapacidad, y en el mejor de los casos, el masoquismo radical. Nosotros, por todo lado, podemos ver fotos de mujeres desnudas o semidesnudas, que se muestran no como personas que merecen la pena, sino como mujeres que pueden cumplir con las funciones mínimas (por ejemplo, manejar un carro), o mujeres obsesionadas con su aspecto físico y la vida casera, o mujeres obsesionadas con tener la boda pomposa, o mujeres que se odian entre ellas, mujeres caprichosas que exigen plata de los hombres, etc.

Todas esas asociaciones forman una imagen sobre la mujer como si fuera un fenómeno con ciertas características: con falta de pensamiento lógico, con caracter superficial, conformismo cotidiano, narcisismo, ineptitud, parasitismo.

Los resultados de varias encuestas confirman qué es lo que quieren las mujeres: seguir el estereotipo de que las mujeres son más tontas que los hombres. Y no hay nada sorprendente en eso: si desde la infancia a las niñas no les exigen mucho, le venden esa idea de ser pasivas y esperar a su príncipe azul, mientras que un niño, bajo las expectativas de la sociedad, aprende a pensar, tomar sus propias decisiones, convencer a los demás, superar las dificultades, hablar en voz alta y ser ganador. Al final las niñas simplemente se acostumbran a hacer segundos papeles, y también a reírse sobre su ignorancia atribuida. Así, la mayoría de las mujeres no sólo no no se oponen a los chistes sexistas, sino que también se ríen de ellos. O se ríen, pensando que si los hombres hacen esas burlas frente a ellas, entonces les hacen una excepción y las tienen como iguales. O se ríen, porque tienen miedo de que si no lo hacen, los hombres no sólo seguirán haciendo chistes de su ignorancia, sino también de su falta de humor. Por eso es mejor aprender su rol y cómo reaccionar a la esa agresividad sexista.

Por un lado, vemos que las revistas para hombres comparan a las mujeres por el aspecto físico, publicando las listas estilo «The 100 Hottest Women of All Time», pero por el otro, la mujer se somete a burlas cuando presta atención a su aspecto físico y gasta su tiempo en esas «tonterías» (y no en las cosas serias, como las de los hombres). De esa forma las mujeres están sometidas a escoger del mal, el menor, y así desarrollan el síndrome de Estocolmo: primero, inconcientemente obedecen al agresor; segundo, se tratan de adivinar los deseos del agresor y predecir sus acciones, y así garantizar su sobrevivencia; tercero, hacen lo que según sus presentimientos, les podría salvar.

Como resultado, la mujer que se acostumbró a verse como un objeto de la objetivación, empieza a ver a las demás mujeres de la misma forma. La mujer empieza a mirar con los ojos de un hombre no sólo a su cuerpo, sino a los cuerpos de otras mujeres, ella se asocia con un hombre que está escogiendo en el surtido de cuerpos femeninos. Ella siente, que está en una competencia para ganar la mirada de un hombre. Eso lleva a la reprobación de las «renegadas». A ellas les predicen el arrepentimiento tardío y sufrimiento. Las mujeres se identifican con el agresor, se solidarizan entre ellas como los objetos del mismo sistema, que se acostumbraron a reírse frente a la humillación. Es bastante común que dos mujeres, que ayer se envidiaban una a la otra, hoy se unen contra la tercera que es feminista, o se dedica a la ciencia, o no va a los salones de belleza, o no ve el matrimonio y la maternidad como el objetivo de su vida, o no entiende nada de la moda, o no sabe cocinar, o lo lee las revistas para mujeres (los mejores tutoriales para identificarse con los hombres), etc.

Debo admitir, que hubo unos momentos en mi vida en los cuales los comentarios como «haces algo como un hombre» me adulaban, aunque ahora eso me parece chistoso al recordarlo.

Así vimos el contexto en el que se forma la misoginia en la sociedad contemporánea. Es obvio que la misoginia internalizada no es algo que determina a las mujeres. Es importante darse cuenta de que la misoginia existe, entre más conscientes seamos de sus fuentes, más fácil la podemos superar.


Las imagenes de femenistas según las fotografías de stock:

Basado en los siguientes materiales:

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