Cansada de ser feliz

Bienvenidos a mi flujo de conciencia

Viaje a San Andrés | Agosto 2017

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Viernes. Antes del mediodía salimos desde el aeropuerto El Dorado en Bogotá hacía la isla. En la mesa de registración a todos los turistas que viajan a San Andrés les cobran $104,692 pesos por la tarjeta de turismo, que uno tiene que conservar durante todo el viaje. Lo que me tenía preocupada es cómo debería vestirme: como en Bogotá está bastante haciendo templado y uno normalmente se viste con tenis, pantalón y una chaqueta, sospechaba, que al bajarme en ese atuendo capitalino en la isla tropical, sentiría calor infernal, mi pantalón se pegaría de una a la cola de inmediato y se formaría una capa mojada entre mi espalda y el morral. Y definitivamente fue así. Desde que se abrió la puerta del avión, nos cubrió esa mezcla de aire y vapor pesada y sofocante.

Ha sido la primera vez que he estado en un aeropuerto con música en vivo en la sala de recogida de equipajes. Con ese fondo musical todo el proceso de pasar por migración y la fila no se sentía tan desesperante y tedioso, sino más informal y festivo.

A la salida del aeropuerto a uno de inmediato lo atacan los taxistas. Y son un fastidio y me estresan mucho. Ellos andan demasiado cerca a uno, hablan con ese tono mandón, que me hace sentir regañada. Como era nuestra primera vez en la isla y no sabíamos que bus coger y dónde, le obedecimos al primer taxista que nos acercó. El trayecto desde el aeropuerto hasta el hotel, llamado Blue Cove, nos costó $30.000 pesos.

Por el movimiento rápido del carro, pude aspirar una dosis de aire fresco, que entraba por la ventana y por fin miré alrededor. La vista era verdaderamente paradisiaca: los colores muy vivos, palmeras, el mar azul y el cacareo de los loros.

Al llegar al hotel, nos dirigimos directamente a la recepción. La sala de la recepción era bastante grande con varios sillones y sofás, y se sentía igualita a una estación de ferrocarril: había mucha gente, unos sentados, otros medio acostados, y con sus maletas al lado se veían como si hubieran esperado ya durante varias horas y con la resignación en sus ojos de muchas más horas de espera. Supuse que eran los huéspedes que ya habían hecho su check-out y esperaban la hora cuando podían tomar el avión.

Después de dejar la maleta en nuestra habitación, fuimos a explorar el territorio del hotel. El hotel tenía varios bloques de edificios y zonas sociales, como la cantina, la piscina, los lugares para acostarse y tomar el sol. Nos acomodamos en unas sillas, que estaban en la sombra, y observamos lo que pasaba alrededor. Por el sendero que atravesaba el territorio del hotel, iban y venían las personas en trajes de baño. De los bloques residenciales entraban y salían las personas del aseo. Y todo eso pasó tan lento que pareció como en cámara lenta. En una de las mesas no lejos de nosotros estaba sentado un empleado del hotel y estaba comiendo arroz blanco sin nada más. Lo hacía despacio y de mala gana. Al terminar su comida, él se levantó del mismo modo — lentamente — caminó hasta la mesa con varias ollas, puso otra ración de arroz en su plato y siguió comiendo a su ritmo.

Sábado. El sábado el calor ya parecía más tolerable. Al menos había viento que traía un poco de alívio. A las siete de la mañana bajamos para ir a desayunar, Todas las comidas de ese hotel eran bastante monótonas: el almuerzo se parecía mucho al desayuno y la cena — al almuerzo. Pero la comida era rica, aunque gran parte de ella era de lata.

Por la tarde decidimos explorar la ciudad y tomar un bus hasta el centro. Los buses en San Andrés son como las busetas («buses locos») de Bogotá, aunque el letrero sólo dice el punto de partida y el destino. En nuestro caso el bus decía: «Cove. Centro».

El centro estaba lleno de otros hoteles y tiendas, que separé en cuatro categorías: comida (en general dulces y papitas importadas), cosas para la playa (ropa, gafas, flotadores, etc), perfumes y trago. De lo último — fue asombroso ver esa cantidad de botellas con diferentes bebidas alcohólicas en miniaturas. Me hicieron imaginas cómo sería una borrachera de gnomos de la misma escala de esas mini-botellas.

El mar era estupendo. Dependiendo del fondo y de las algas se ponía de color azul oscuro o claro. Cuando el agua estaba tranquila, se alcanzaba a ver muy profundo. Algunas personas tiraban pedazos de pan al mar, y de inmediato llegaba un banco de peces.

Domingo. El plan de esas vacaciones consistía en no hacer nada. Absolutamente nada. Bueno, levé libros, pero decidí leer sólo los libros de vacaciones: ligeros y no densos.

Recientemente he seguido un canal de youtube de una muchacha llamada Anastacia Kay, en el cual ella habla mucho sobre la productividad, el desarrollo personal, las malas costumbres y cómo deshacerse de ellas. Anastacia nació en Bielorrusia, pero actualmente vive y trabaja en Austria y estudia la ciencia cognitiva. En sus videos ella comparte sus métodos para organizar su tiempo, a menudo cuenta sobre el sistema de tomar notas «bullet journal» y aconseja algunos libros. Normalmente, no leo ese tipo de libros que ella menciona en su canal, pero esa vez decidí darles una oportunidad. Entonces escogí dos: «The Happiness Project» por Gretchen Rubin y «Getting Things Done» por David Allen. El primero lo leí completo, pero del segundo aguanté sólo un tercio (habrá que retomarlo algún día).

En su libro la señora Rubin cuenta sobre su experimento de subir su nivel de felicidad y satisfacción con la vida, que duró un año. En palabras cortas, el libro se reduce a lo siguiente: una mujer bien educada y bastante acomodada, que vive en Nueva York con su esposo y dos niñas pequeñas, tiene un trabajo poco abrumador, se despierta un día y se pregunta: «¿Estoy suficientemente feliz?». Aunque la respuesta es afirmativa, ella decide que siempre hay un camino por recorrer y cosas por mejorar, entonces busca en Internet diferentes consejos de cómo mejorar ciertos aspectos de su vida (trabajo, relaciones familiares, costumbres, pasatiempos, organización de la casa, sueño), arma un plan y trata de seguirlo durante un año y al final escribe un libro. A pesar de que algunas observaciones de la autora me parecieron interesantes, en general ella no cuenta muchas cosas nuevas. No puedo decir, que es un libro ingenioso, aunque la forma en la que escribe la señora Rubin es sincera y simpática.

¡Qué agradable es leer en vacaciones! Nada te distrae, no hay ninguna notificación y tienes todo el tiempo del mundo para concentrarte en sólo una cosa. Bueno, el único factor de distracción, es que hay que comer a cierta hora: el desayuno es desde las 7 hasta las 9, luego el almuerzo desde las 12 hasta las 2 de la tarde, luego la hora de snacks y la cena. Encones la preocupación principal es no perder la hora en que la comida aparece en la cantina.

Sólo a la hora en que abrían la piscina o el acceso al mar y la bandada de turistas, que iba desde su habitación hasta el acceso del agua, perturbaba el sosiego. Lo más molesto era una pareja de un señor y su hijo (muchacho que tenía al menos 18 años). Ambos tenían el peinado de la película «La Vendedora de Rosas», aunque el de papá no era tan marcado por el pelo canoso. El hijo andaba con un flotador rosado en forma de pato y el señor — con un equipo de sonido, en el que tenía la música prendida a todo volumen.

Primero pensé que todos deberíamos estar muy molestos con el señor por no dejarnos escuchar los sonidos paradisíacos: la cacareo de los loros (mencionado anteriormente) y el susurro de las olas. Pero no. Los demás parece que estaban alegres por la llegada del señor y su vallenato. Algunos incluso empezaban a cantar con la música.

Ese día fue la primera vez que nadé en el mar sin tocar el fondo con los pies. Vale, no puedo decir realmente «nadé» , porque no sé nadar, pero estaba braceando mientras un chaleco salvavidas me sostenía a flote. Es un sensación indescriptible cuando uno está en ese volumen gigantesco de agua y se mueve al ritmo de esa masa líquida. A veces llega un susto al pensar en la distancia que separa los pies de uno de la tierra (el fondo del mae, en este caso).

Lunes. Leí un libro «Soy Leyenda». Es un caso raro en el que la película es mucho mejor que un libro.

Para tener al menos alguna actividad durante nuestras vacaciones, decidimos tomar un barco para dar una vuelta alrededor de la isla. Nos acercamos al punto de atención «Discovery» en la recepción de nuestro hotel y pagamos $50.000 pesos por el tour. Nos dijeron que debíamos llegar al muelle, que se encontraba cerca al centro, a las 3:30 pm. Como la gente responsable y puntual, ya estábamos en el centro antes de las tres de la tarde. A las 3:30 pm nos dijeron qué pena, que hay que esperar una media hora. Después de un rato, nos embarcaron en tres lanchas a motor y nos llevaron hasta el barco. En el barco nos esperaba… música a todo volumen y una señora que declaró que debíamos bailar y los que no querían, podían estar en el primer «piso» del barco, donde igual la música se escuchaba perfectamente. EL barco se alejó un poco de la orilla, estuvo en el mar durante dos horas y se devolvió. Nada de vueltas alrededor de la isla.

Fue muy decepcionante, aunque disfruté mucho la vista desde el barco y el helado de la compensación moral que compramos en el muelle.

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