Cansada de ser feliz

Bienvenidos a mi flujo de conciencia

El colegio

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Nunca me gustaba ir al colegio y siempre he contado cuánto falta hasta el último día de encarcelamiento.

Entré al colegio cuando tenía 7 años. Normalmente los niños entran un año antes, pero a mis 6 me dijeron que la niña era demasiado pequeña. Durante 12 meses no crecí mucho, pero ya que no tuvieron razones de no aceptarme.

Mi primer día no me gustó: habían muchos niños a quienes no conocía y no quería conocerlos, que se movían por el salón de una forma caótica y hacían mucho ruido. Me pusieron en la última mesa del aula junto a la ventana. En la primera clase a profesora nos dijo que sacaramos nuestros cuadernos de las maletas y dibujaramos algo. Eso fue un estrés total: no pude abrir mi maleta. Como tuve que manejar la cerradura por primera vez en mi vida, no supe cómo funcionaba y claro que el panico, que llegó inmediatamente, no me permitió pensar con claridad.

Del primer grado sólo recuerdo cómo nos enseñaban caligrafía: tuvimos que escribir las mismas letras muchas veces. Entonces al final se quedaron varias páginas con “а”, “б”, “в”, etc.

En el segundo grado nos muvieron a otro edificio y empezamos a prestar servicio. Cada grupo por turnos tuvo que estar de servicio en el colegio durante toda la semana. Esto segnificaba que tuvimos que llegar 30 minutos antes que todos los demás. Nos reunían en el primer piso y decían a cada no su cargo. Habían varios tipos de cargos: unos tuvieron que estar en la entrada del edificio y en las entradas de cada piso y decir a cada niño que pasaba: “¡Smenka!”. “Smenka” significa “los zapatos de cambio”. En el invierno la nieve se metía en las indiduras de los zapatos y cuando uno entraba al edificio se derretía y dejaba charcos. Por eso por el orden “¡Smenka!” el estudiante tuvo que levantar el pie y mostrar la suela. Si estaba mojada “el guardia” tuvo que detenerlo y mandarlo a la casa por los zapatos de cambio. Ese cargo no me gustaba porque los otros estudiantes lo tomaban como un deporte lograr pasar con los zapatos que llevaban puestos en la calle, entonces inventaban trucos para confundir la guardia o simplemente corrían de nosotros. Entonces había otro cargo: vigilar los corredores, detener los estudiantes que corrían y mandarles al director del colegio.

Existía un cargo que era el más agradable de todos: estar en la cafetería. Había que ordenar las mesas y las sillas y antes de las horas del desayuno y almuerzo había que servir la comida y después recoger los platos.

Después de las clases nos quedábamos por una hora para limpiar todo el colegio.

Tuvimos 4 periodos y 4 vacaciones: 3 cortas y umas largas de tres meses en verano. Para las vacaciones de verano nos daban una lista de libros para leer. Como durante los estudios casi no tuvimos tiempo para la lectura, tuvimos que pasar por todos los libros del curso de literatura antrs de que empezara el año escolar. A pesar de que leía de 3 a 5 horas al día no alcanzaba leer todos los libros del listado. Me gusta leer mucho, pero odiaba las clases de literatura. La parte más tonta era memorizar los poemas. Tuvimos que recitar de memoria los poemas de Homero, Pushkin, Lermontov, Tiútchev, Mayakovski, Blok y muchos otros. A cada uno llamaban a la pizarra y tuvimos que declamar frente al grupo. Así los profesores lograron que hasta la mejor poesía pudiera provocar un reflejo vomitivo. Pero creo que era la mejor forma de instalar los pensamientos de otras personas a las mentes inmaduras. Hasta ahora cuando veo una tormenta fuerte a veces se me ocurren las estrofas de Tiútchev:

Люблю грозу в начале мая (Me gustan las tormentas a principios de mayo) / Когда весенний первый гром (Cuando el primer trueno primaveral) / Как бы резвяся и играя (Como haciendo travesuras y jugando) / Грохочет в небе голубом (Trona en el cielo azul).

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