Cansada de ser feliz

Bienvenidos a mi flujo de conciencia

Las temporadas

| Comments

A veces me parece que aquí el tiempo no se mueve. A veces me digo: “El verano pasado…” – o – “El próximo invierno”, y luego me doy cuenta que no hay ningún verano, ni invierno, ni primavera, ni otoño. Y eso da el sentido que no cambia nada, pero cuando uno mira atrás, así llega uno a horrorizarse de cuánto tiempo ha pasado.

Pero antes todo era diferente…

Todo el verano sentía euforia de que por fin hacía calor y todo alrededor estaba verde. Podía mirar por horas cómo se movían las ramas de los árboles con el viento, aspirar el aire lleno de olores y escuchar los sonidos del bosque. Parecía que todo el mundo estaba feliz: los niños por fin tenían sus vacaciones, sacaban sus bicicletas y patines y salían a jugar afuera, las muchachas se desvestían tratando de exponer más de su cuerpo al sol. Constantemente había que acordarse de que eso se iba a acabar pronto, de que teníamos muy poco tiempo para disfrutarlo, entonces había que aprovechar cada momento, y por eso la gente se enloquecía.

En junio o julio a veces hace tanto calor que parece que el asfalto se funde. Realmente, todo se funde. Pero en agosto la llegan los vientos del norte trayendo las decepciones. La mente todavía no puede aceptar que el verano se acabó tan rápido, y la mente no manda al cuerpo que tiene que vestirse. Entonces llegamos al otoño con mocos y tos.

El otoño es un poco incómodo, porque uno no sabe cómo vestirse: de día es todavía bastante cálido, pero por la mañana hace mucho frío. Muchísimo. Entonces todos andan muy abrigados con muchas prendas quitándose sus sacos uno por uno. Después del verano caliente, cinco grados centígrados se siente como uno estuviera en el Polo norte. Pero ese es el precio que pagamos para ver esa abundancia de colores: las hojas de los árboles pierden el pigmento verde y el bosque se convierte en un lugar mágico. Siempre trataba de no levantar mucho las piernas cuando andaba para hacer crujir las hojas cecas de los árboles.

Luego, inesperadamente (como cada año), llega la nieve, y es inesperado porque los servicios de aseo nunca están preparados. De verdad, nadie está preparado. Creo que es porque todos tienen muy por dentro una pequeña esperanza de que puede ser éste año el invierno no llegue. Los árboles se vuelven completamente siniestros y se ven como muertos.

El diciembre el mundo se queda sumido en la oscuridad. Lo más doloroso era despertarse por la mañana para ir al colegio:

A las siete de la mañana suena el despertador, uno abre los ojos, pero todo está completamente oscuro, como a la medianoche. Los ojos se cierran lentamente y te vuelves a terminar de ver el último sueño. Pero luego llega el dolor – alguien prendió la luz. La luz entra a través de los párpados cerrados, y es insoportable. Uno trata de entreabrir los ojos, pero el brillo amarillo les ciega, entonces uno tiene que cerrarlos inmediatamente. Así con los ojos medio abiertos uno desayuna, se viste y sale de la casa a la oscuridad para patullar por la nieve. Claro que el barrendero también tuvo pereza y lo había limpiado las calles, entonces tocaba de nuevo abrir el camino hasta el colegio.

Las imágenes tomadas de https://ssl.panoramio.com/user/2301915.

Comments