Cansada de ser feliz

Bienvenidos a mi flujo de conciencia

Caminata

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Normalmente cuando me siento mal o muy estresada me pongo a caminar. Cojo ritmo y esto me ayuda a concentrarme en mis pensamientos, cobrar ánimo y relajarme.

…Son la cinco y media de la tarde, salgo del edificio en la 100 con 14 y giro a la derecha. No me gusta mucho ese pedazo porque hay mucha gente caminando al encuentro y formando multitudes. A mi izquierda hay una peluquería donde hay clientes a cualquier hora (¡incluso a las 6 de la mañana!), una cafetería nueva en la que nunca he entrado (pero siempre he querido) y una farmacia donde te dan un caramelo cuando compras algo. Además siempre hay varios carros saliendo de un parqueadero para entrar a la glorieta.

Llego al semáforo en la 100 con 15, que nunca me sale en verde, y espero un rato mientras pasan los colectivos y buses del SITP. Luego cruzo rápido, porque el verde no dura mucho, y paso por un pedazo con el asfalto todo roto y variso vendedores callejeros. Paso frente un tipo curioso que tiene rastas y vende cactuses pequeños o jugos naturales por las mañanas, y miro hacía la izquierda porque por allá siempre salen las motos y camiones de la novena y no hay un semáforo que les detenga. Si sobrevivo ese pedazo, enfrento mi siguiente reto: cruzar el otro carril de la novena, y tomo a la izquierda para seguir por el barrio y evitar la muchedumbre de la 100.

Paso por un sendero en el pasto cubierto de unos bloques cuadrados de cemento, y llego al puente peatonal. Este puente me parece muy chistoso. Primero, tiene sólo una caneca con un aviso encima diciendo que a la basura hay que separarla en tres canecas diferentes. Segundo, tiene unas señales interesantes diciendo que está prohibido subir el puente con armas y también detenerse en el puente. Y tercero, en unos de postes del puente hay una silla amarrada y colgada de un gancho.

Después del puente paso por Carulla, intento de resistir la tentación de entrar y comprar un paquete de rosquitas o maizitos y entro a una plaza con una iglesia a mi izquierda ya mi derecha una sala donde, como me lo dijeron, toman tinto con los muertos. Siempre me sorprende la escultura de Jesús en una de las paredes de la iglesia: en Rusia a Jesús o a los santos siempre les pintan muy flacos y con la cara de infelicidad y sufrimiento.

Luego cruzo la 19 y voy por una calle con edificios bonitos y llego hasta el puente de Transmilenio de la autopista. Me acuerdo del señor con la cara del presidente de Colombia de mis fantasías que vende sánduches por las mañanas. Cruzo el puente y trato de no entrar en pánico por la vibración que hace tanta gente caminando al tiempo.

Me meto otra vez en los barrios y ya de forma automática busco la casa con el loro para mirar si salió a gritar o no.

Después de cruzar varias calles de forma salvaje (o #comonosgusta) me acerco a la panadería con roscones y siento cómo mi solitaria se despierta, pero tomo la decisión de comprar uno en otra ocasión, cuando esté con compañía, porque sólo de esta forma realmente puedo disfrutar de un roscón.

El siguiente paso es tratar de meterse en un bus de Transmilenio en la estación “Calle 100” y durante 15 minutos reflexionar acerca del sistema de transporte y la urbanística en general: los pensamientos que me llegan en los momentos cuando me aprietan por todos lados y además tratan de sacarme en una estación que no me sirve. Luego, después de acomodarme bien entre las rodillas y codos de los otros pasajeros, miro por la ventana y veo las montañas tan majestuosas y tan bellas, y así, al llegar a Suba pasa todo: el estrés, el mal genio y otras tonterías.

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