Cansada de ser feliz

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Colegio ruso. Los libros (o mis traumas infantiles)

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Tradicionalmente el año escolar empieza en los colegios rusos el primero de septiembre.

Los profesores formaban el listado de los libros que los estudiantes debían tener para todo el año. Con ese listado teníamos que ir a la biblioteca del colegio y pedir los. Cada libro, en la parte interna de la cubierta, tenía un sobre pequeño. En ese sobre ponían el papel con los nombres de todos estudiantes que antes tomaban ese libro y la anotación en qué estado lo devolvieron. La bibleotecaria extraía el papel del sobre, escribía nuestros nombres y lo guardaba en su cajón.

Siempre tenía susto de las bibleotecarias y las mujeres que vendían pan. Para mí se unen en una imagen terrorífica de una mujer gorda con los brazos gruesos y los dedos como unos chorizos pequeños, que a pesar de su gorgura lleva las faldas bastante cortas. De la falda salen las piernas muy apretados con las medias veladas. Las piernas son tan infladas, que parece que ya están listas para explotar en cualquier momento. Mi mirada se baja y se para en sus zapatos pequeños y elegantes, y de inmediato a la mente llagan las imágenes de las torturas medievales – ¿¡cómo pudo meter sus pies a esos zapatos tan pequeños!?

– Hum, hum…

La senora carraspea y me mira , como si yo fuera el enemigo de la patria. Empiezo a sentir que por aquí no me esperan y distraigo a la señora de las cosas más importantes que la entrega de libros. Con la misma cara de hostilidad la bibleotecaria pregunta:

– ¿Qué..? ¡Rápido!

– Amm… es que… libros.

Perdiendo el don de la palabra, alargo la mano temblando con el listado. La señora se levanta con un aspiro profundo de desagrado y va hacía los estantes. Mientras mi corazón palpita como el de un conejo, ella me entrega un libro por otro libro acompañado cada su movimiento con otro suspiro. Con el último libro llega el alivio. Los recogo tan rápido como sea posible y me dirigo a la salida.

Pero con eso no se acaba el sufrimiento. Al final del año hay que entregar los libros “en el mejor estado del que los han recibido”: borrar todas las anotaciones, pegar las hojas aflojadas y reforzar la cubierta con cinta.

Todo el ano se pasa con el sabor anticipado del Juicio Final, imaginando cómo los pequeño chorizos van a ojear los libros y los ojos como de sabueso van a examinar cada hoja buscando tachaduras o rupturas del papel.

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