Cansada de ser feliz

Bienvenidos a mi flujo de conciencia

Tienda Rusa en Holanda

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Cuando por primera vez escuché que había una tienda rusa en Amsterdam me emocioné muchísimo. Sólo pensar que podría ver a mis compatriotas, ver los productos que me acostumbré a comer en Rusia, hablar en ruso me puso muy ansiosa.

Tengo vergüenza de confesarlo, pero me di cuenta de lo mucho que los costumbres afectan a mi vida, y que tengo tantas costumbres relacionadas con la comida. Creo que es porque la comida es algo muy integrado en nuestra vida. Puede ser que uno no se fije tanto en lo que come día a día, pero subconsientemente la comida hace parte de nuestra percepción del ambiente en que vivimos.

Puede ser que por eso cuando vi el estante con las bayas del bosque me inundaron tantos recuerdos: de pasear en la dacha, de recoger bayas y ponerlas en la canasta. Fue un proceso bastante aburrido y mecánico, y realmente no me gustaba mucho hacer ese trabajo: siempre quería terminarlo lo más pronto posible e ir a jugar con mis amigos. Pero también era un ejercicio muy útil de quedarse frente a frente con las bayas por varias horas - en estos momentos me pasaba los mundos sobre los que había leído en los libros que nos habían dado para vacaciones de verano, pensaba en los personajes de esos libros y qué podría pasar con ellos en otras circunstancias y qué haría yo si estuviera en su lugar. Creo que por eso hace unos días sentí que mi celebro iba a explotar cuando de nuevo tuve un racimo de grosellas en mi mano.

Algo parecido pasó cuando cociné el alforfón. No creo que eso tenga algo que ver con el sabor o el olor especial que tiene, o que es una comida tradicional rusa. Sentí que en ese momento vi un montón de diapositivas que pasaban como una película en mi cabeza mostrando diferentes situaciones en mi vida (normalmente las conversaciones que teníamos en la familia) cuando comía alforfón antes. Por ejemplo, cuando era niña tenía un plato con una ciudad dibujada en el fondo. Entonces el proceso de comida se convertía en la liberación de esa ciudad.

Lo mismo pasaba cuando comía la cuajada. Para abstraerse de las conversaciones (a veces desagradables) que tenían los adultos en la mesa, trataba e hacer el proceso de comer la cuajada lo más creativo e interesante posible: trataba de cucharear la masa así para que dejara las “carreteras” en el plato o algunas formas geométricas.

Me parecía que con el cambio de la dieta también se fueron esas memorias, pero lo que hicieron fue esperar su hora para hacerme recordarlas.

La imagen tomada de http://www.vorobiov.com/archive/domikpro/detail-tvorog-i-ego-bratya.html

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